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Estaba cansada y al ver a los dos hombres jugando ajedrez en el patiecito, sintió que la furia subía por su garganta.Ese día, Mariela Fuentes llegó tarde a su casa. Estaba cansada y al ver a los dos hombres jugando ajedrez en el patiecito, sintió que la furia subía por su garganta.  Se puso peor al ver tres botellas de aguardiente vacías, regadas por la sala. No dijo nada, pero manifestó su descontento al cruzar de la sala a la cocina justamente por encima del tablero. Podía haberlo hecho por los cuartos, dijo el escritor y Sigfrido le contestó, mirando el trasero redondo de Mariela, Todavía es una bella mujer. Sírvase usted, musitó Javier Tejeda, por mí no hay problemas… Hizo una pausa y agregó, en definitiva tú eres su verdadero marido, hizo otra pausa, ante la ley y los hombres. El Cantante se puso de pie apresuradamente. El escritor lo agarró de la mano y cuando el otro volvió el rostro para mirarlo, No dejes tu semilla dentro. ¿Por qué?, preguntó Sigfrido. Todavía no estamos preparados para tener otro niño en casa, le respondió.

Sigfrido penetró hasta la cocina y comenzó a besar el cuello de Mariela Fuentes, que se encontraba de espaldas. La besaba con ansias y le manoseaba las nalgas pequeñas, duras. Despacio querido, despacio, dijo ella mientras se secaba las manos con un paño. Los besos la alegraron, primero, y la sorprendieron, después, al darse cuenta de que eran rápidos y sonoros, no húmedos como los que solía dar su marido. Se volvió y tuvo un sobresalto repentino al ver frente a sí la cara mal afeitada del segundo Javier Tejeda. Lo hubiera rechazado, le hubiera partido la cara a bofetadas, pero al levantar los ojos vio que su esposo le sonreía tras la ventana del cuarto. Tenía pene en la mano y se lo amasaba con lentitud.

¿Quieres jugar?, dijo para sus adentro y ella misma se contestó, pues que empiece el juego. Despojó Sigfrido de su camisa, y acarició el pecho plano y sin vellos. Uno a uno, le chupó sus dos tetillas. Al sentir el placer que invadía su cuerpo, el Cantante comenzó gorjear. Era una serie de notas, cuenta Javier Tejeda, que imitaban el canto de los gorriones o de eso pájaros negros que llegan a Santana noche a noche. Mariela se inclinó sinuosamente, hasta que sus dos tetas rotundas se le salieron del vestido. Hizo unos pases rápidos con los dedos y cayó el pantalón del hombre. Tenía el pene corto, pero grueso. La mujer lo tomó con los labios y comenzó a lamerlo con cuidado. Ya Sigfrido cantaba a plena voz.

A sus espaldas, el escritor no se perdía ni un detalle mientras era observado atentamente por los ojos fijos de Mariela. Tenía la boca ocupada por un buen pedazo de carne sin hueso. Una de sus manos rozaba la bolsa que, la piel erizada, contenía los testículos del Cantante y la otra mano, los dedos inhiestos, hizo un bojeo por la cintura del hombre, palpó entre sus nalgas y finalmente se encajó entre ellas. Sigfrido dio un bufido y trató de despegarse, pero Mariela lo tenía bien sujeto con la boca. Después de un momento de forcejo tuvo que ponerse en sus manos y permitirle hacer lo que le viniera en ganas.Para aliviar sus urgencias El Cantante tuvo que soportar mordiscos, arañazos, jalones de pelo, alguna que otra bofetada.

Javier Tejeda tuvo un orgasmo demorado. Recogió el semen en la palma de la mano y lo probó. Estaba picante. Alcohol puro, pensó. Más allá vio como El Cantante se había acomodado por fin a las intenciones de Mariela y, con el culo empinado hacia atrás, disfrutaba el placer que le estaban brindando. Otra vez se oyó su voz limpia que se elevaba en la cocina. Un rato más tarde cantó el estribillo y dejó la leche en la boca de Mariela. Esta lo paladeó un poco y preguntó, ¿Desde qué hora ustedes estaban bebiendo? Sigfrido se quedó en la cocina, apoyado a la meseta. La mujer fue hasta el cuarto y dio un beso en la boca a su marido. Después le mostró un dedo ensangrentado y preguntó, ¿Viste cómo acabé con él? Claro, el escritor sonrió y acto seguido le preguntó, ¿Dónde aprendiste eso? Con mi anterior marido, dijo ella, por algo le llamaban El Digital.

Javier Tejeda gozaba al ver a su esposa acostarse con otro hombre. Quizás por eso la experiencia se repitió varias veces, siempre con el consiguiente dolor para Sigfrido. Para aliviar sus urgencias El Cantante tuvo que soportar mordiscos, arañazos, jalones de pelo, alguna que otra bofetada. Un precio alto si tomamos en cuenta que en cambio solo recibió bagatelas. Mariela lo entretenía con jugueteos, caricias, besos, dos o tres lengüetazos, una felación final o una masturbación lo más. Nunca dejó que la penetrara por delante, ni por detrás. Una vez el escritor le dijo, El pobre, ¿por qué no le dejas servirse de tus orificios? Que va, los tengo reservados. ¿Para quién, si se puede saber? Para un hombre que los sabe usar mejor que él. Y ambos rieron a carcajadas.

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Regla de Tres

Dos mujeres besando a un hombre.

Estaban balanceando las piernas sobre el agua mientras bebían un vino picante que a la postre sería el causante de nuestro desenfreno y de la frustración sexual que vivo hasta hoy día.

Hace unos días el maestro Tomiyama dijo aquí que el pensamiento humano opera en regla de tres y no de dos, en contra de lo que piensa la mayoría de la gente. Dentro de la dicotomía entre el sí y el no, entre el bien y el mal se encuentran una serie de posibilidades que frecuentemente pasamos por alto y eso, a veces, constituye la causa de nuestro fracaso. Por eso digo que el número de las parejas no debía ser dos, como estipula la tradición, sino de tres: una mujer y dos hombres, o viceversa. No sólo por el hecho de que así las discusiones nunca pueden quedar tablas, sino por la variedad que pudiera otorgarle al amor, en caso de que uno prefiera la variedad por sobre la intensidad. Sólo una vez he tenido la oportunidad de comprobar la veracidad de tal idea y esa única ocasión, a pesar de su incompletitud y los sobresaltos, bastó para hacerme sostener lo que para muchos supone un reto al orden universal que la divinidad ha construido para nosotros, sus hijos.

Estaba yo en mi primer destierro, acabado de publicar Guerra del Agua, trabajando en los campos de Terezín. Llegó la hora del almuerzo y, como yo resultaba un completo extraño para la gente de ese pueblo repleto de gente extraña, ocupé el tiempo del descanso en deambular por el borde del río. Los otros se habían amontonado debajo de los árboles, buscando un fresco que no hacía. Al andar con paso despreocupado por entre la hierba seca que cubría las orillas del Trepa, yo ocupaba mi mente en escribir una carta a Mariela Fuentes, la mujer que yo quería y que no había dudado, sin el menor dolor, dar calabazas a cada uno de mis requiebros amorosos. Creo recordar que en ese momento yo trabajaba en la parte que dice: “Si al final no hay ninguna esperanza, porque puede ser que no haya ninguna esperanza, yo voy a esperar, voy a esperar en las sombras, cerca de ti. Voy a estar a tu lado cuando seas esposa, cuando seas madre, cuando te sientas sola. Voy a esperar un breve error, un descuido. Y voy a estar a tu lado para apoyarte, para ganarme tu cariño. Voy a esperar por la mujer que quiero hasta que tenga ochenta y seis años o hasta que me muera. Voy a esperarte siempre”.

Y en ese momento las encontré, balanceando las piernas sobre el agua mientras bebían un vino picante que a la postre sería el causante de nuestro desenfreno y de la frustración sexual que vivo hasta hoy día. Se trataba de dos muchachas. Una, gordita, tenía el pelo rizo y una cara llenita, intensamente hermosa. La otra era delgada, con el cuerpo estirado bajo la ropa burda, la cual permitía apreciar sus senos altos y un trasero turgente, de esos que dan ganas de palmear cada vez que uno pasa a su lado. No era bonita, sino graciosa, con ese aire que otorga la juventud y que los años consumen a paso de marcha, una vez que se ha perdido la elasticidad de la carne. Durante un rato las miré en silencio, con miedo de romper la espontaneidad de sus risas.

Debo haber hecho algún ruido al acomodarme entre la maleza o simplemente fue uno de esos intangibles que lo hacen a uno mirar a cada rato por detrás del hombro lo que hizo a la delgadita volver la cabeza hacia donde yo estaba. Hubo un intercambio rápido de gestos entre ellas y ambas volvieron el rostro para mirarme fijamente. Yo me puse de pie, dispuesto a marcharme al menor síntoma de incomodidad o rechazo. Entonces se operó el milagro, esos de los que uno nunca espera. Tiene que haber sido mi cara de susto o mi torpeza al incorporarme, lo que las hizo reír por un momento. Se pasaron el odre de vino y me hicieron señas para que me acercara. Me senté a la izquierda de la gordita, que pasó a ocupar el sitio del centro, tomé el envase y me di un buche largo de un líquido bastante amargo y demasiado ardiente para mi estómago vacío.

Dos mujeres bebiendo con un hombre.

El vino nos provocaba una inquietud que no podía evacuarse de momento ni por la palabra, ni por el gesto

Hacía mucho calor ese día, lo recuerdo y el vino nos provocaba una inquietud que no podía evacuarse de momento ni por la palabra, ni por el gesto, pues desde el principio nos concentramos cada cual en su mundo, aislado de los otros. De pronto, la más flaquita le dijo a la otra, Por favor, córrete un poco, que estás demasiado pegada a mí. La muchacha corpulenta, con unos ojos verdes y relucientes, le clavó la mirada y contestó, No me da la gana. Hubo un instante de silencio otra vez, antes de que comenzaran a empujarse con alegría, mientras una repetía, Córrete, córrete, y la otra se resistía suavemente. Después de unos minutos, pasaron a las cosquillas y los pellizcos. Hasta que la de los ojos verdes tomó arrojó a su amiguita sobre el suelo y le dio un sonoro beso en la boca. Esto es para que te calles de una vez, le dijo y se rió.

Yo miraba todo aquello con cierto envaramiento, sin saber qué hacer. Las muchachas no se conformaron con los besos, sino que también se lamían las orejas y el cuello, se frotaban distintas partes del cuerpo, sin importarles lo sudorosas que se encontraban y el hecho de que cualquiera podía verlas desde el camino. Llegó el momento en que yo mismo no aguanté más, dejé de lado cualquier idea referida mi destierro y al hecho de que si me atrapaban en lo que en ese momento yo pensaba una aberración, podían incrementar mi pena de destierro y quizás enviarme al sanatorio de Gamarra, junto a los locos y los asesinos confesos. Por eso me puse de pie y dije, alto y claro, Yo también quiero jugar. Las muchachas detuvieron por un momento su escarceo amoroso, me miraron con risa, y respondieron, Qué vas a jugar tú, muchacho, si no tienes con qué.

Dos mujeres desnudas bañándose en una corriente de agua.

Yo me quise tirar encima de la flaquita, que me gustaba más, y quitarle la camisa a la fuerza. La gorda me apartó de un empujón y aclaró, Oye, aquí las cosas son con la ropa puesta.

Aquello me picó el amor propio, pues pensé que ellas, a más tardar, me llevarían uno o dos años. De pronto no puede contenerme más y saqué el bulto que ya me estorbaba en la portañuela, una cosa larga y flaquita que a pesar de mi excitación aún no encontraba su forma definitiva. Una de ellas, la gordita de los ojos traviesos, me dijo, A ver, echa para acá y, cuando estuve suficientemente cerca, rozó el miembro con los dedos y concluyó, Está blandito. Pero funciona bien, dije yo. Y cómo tú lo sabes, preguntó la flaquita. Entonces le contesté, Porque lo he probado yo mismo. Sí se ve, ripostó la gordita con una carcajada, tiene las marcas de tu mano, como si fuera un cabo de olla. Ambas se abrazaron, riendo a costa mía, y siguieron besándose.

Yo me quise tirar encima de la flaquita, que me gustaba más, y quitarle la camisa a la fuerza. La gorda me apartó de un empujón y aclaró, Oye, aquí las cosas son con la ropa puesta. La otra explicó, Nosotras tenemos que llegar vírgenes al matrimonio. Estos juegos son para matar el tiempo, dijeron a coro. Yo les creí. Entonces la gorda me ordenó, A ver, tírate en el piso. Y tú, mandó a la otra, agáchate y cógele el pedazo de carne con la boca. Ella olisqueó primero, después lo manoseó un poco y finalmente hizo lo que se le indicaba, no sin antes hacer un pequeño gesto de asco. Yo sentí que mi cosita penetraba en un lugar caliente y húmedo. Con cada succión de la lengua, el calor llegaba en oleadas a todo mi cuerpo. En una de ellas, enloquecido, traté de agarrar la cabeza de la muchacha, pero la otra me dio un golpe en las manos y advirtió, No se toca.

Entonces la de los ojos verdes se sentó a un lado mío y comenzó a darme besos en la boca, a acariciarme el pecho y el cuello. Después de un rato, preguntó, ¿Está listo? La flaquita movió la cabeza enérgicamente hacia los lados y masculló, Todavía. La gorda sacó una de sus senos y me lo frotó por el rostro. Yo la atraje furiosamente y se lo mordí en la punta. Ella sonrió, satisfecha, y no apartó mis manos, sino que se despojó de la blusa. Ninguna de las dos decía nada, a pesar de la excitación, y cada vez que yo abría la boca, se ponían un dedo en los labios, reclamando silencio. La gorda tenía los pechos redondos y, a cada movimiento suyo, saltaban como gelatina. Había comenzado a retirarse las prendas inferiores, ya se le podía ver el pubis rubicundo, cuando sentí un temblor intenso y solté afuera todo lo que llevaba dentro. El líquido cayó sobre el pecho de la flaquita, que retiró la boca al sentir el espasmo. Cochino, eres un cochino, gritó mientras se limpiaba apresuradamente. Sin decir nada, la otra la levantó por una mano, recogió las prendas y se alejaron de allí. Mientras iban caminando, la de los ojos verdes hizo una pregunta en voz baja, a lo que su amiguita contestó, Nunca se puso duro. Después me miraron y soltaron par de carcajadas antes de perderse entre los árboles. Desde entonces sueño con ellas.

La resurrección de Javier Tejeda 1

A veces, en la madrugada, Reinaldo Vueltas se despertaba al escuchar el fru fru que hacía Javier Tejeda al arrastrar los pies por las losas de la salita.

El día que los recuerdos decidieron abandonar a Javier Tejeda de nada valieron los ruegos, ni su ansia de atraparlos antes de que pudieran marcharse de su cabeza. El escritor se quedó definitivamente solo, y optó por encerrarse en su casa a cal y canto. Sin embargo, sus esfuerzos no hicieron más que avivar la curiosidad general. De inmediato surgieron unas cuantas teorías acerca de por qué él, que antes era tan complaciente con los reporteros, ahora se negaba a conceder entrevistas y, aún peor, no entregaba ningún trabajo a las editoriales. Seguir leyendo »

El viejo arte de besar un caballo

Reinaldo atrapó una yegua de las que vagaba por el potrero e intentó enseñar a Javier Tejeda un placer más intenso que el de la simple masturbación.

Después que se publicó Guerra del Agua la fama de Javier Tejeda fue creciendo lentamente, pero sin pausa. Le llovieron las invitaciones y entrevistas. A golpe de palabras logró ubicar a Santana en los mapas del país y, en cambio, se le dejó viajar a la capital para que pudiera promocionar su obra. Su madre se encargó de informar esta noticia a todas las mujeres que visitaban su cada. No era para menos. Antes de él, tal honor sólo se había dispensado a mi padre, Alistair Carmenate, para que fuera a estudiar medicina a la ciudad más cercana.

Por el tiempo en que estuvo en la capital, Javier Tejeda participó en muchas fiestas, tuvo algunas mujeres (ciertamente hermosas pero sin talento visible), recibió palmadas en la espalda, se habló de un futuro prometedor. Esos años cambiaron su estilo de vida. Renegó del pan con tomate y se inició en el mundo de las exquisiteces culinarias: huevos de pescado, sopas de tortuga, hierbas de agua salada, cosas que la gente consume para parecer diferente y no por el buen sabor que puedan tener. Seguir leyendo »

(Viene de http://wp.me/p1u6DS-3N)

En la segunda partida del Match del Siglo, Laura Inclán tendió sus dedos y sonrió al ver cómo Salomón Rancaño depositaba en beso apasionado en el envés de su mano.

Al inicio del Match del Siglo, a Laura Inclán se le vio confundida, impotente ante la agresividad desarrollada sobre el tablero por el general Salomón Rancaño. Sin embargo, la muchacha fue aprendiendo de sus errores, rápidamente, y pronto se acomodó al estilo guerrillero de su adversario. Esperaba vigilante cuando lo veía armar un ataque, para golpearlo sin compasión cuando tuviera las fuerzas dislocadas por el tablero. Y así, en la cuarta partida del duelo, logró equilibrar las acciones al sembrar rivalidades en las filas de su rival: contrapuso castillos con caballeros y obispos con infantes.  El general se vio obligado a correr por todo el tablero, hasta que finalmente su rey cayó prisionero en una red mortal. Entonces el hombre, casi feliz, abandonó su asiento y salió caminando con lentitud hasta donde lo esperaba su pueblo, silencioso. A lo lejos se escuchaban los vivas que la gente de Santana daba a su heroína, a la cual cargaron en andas. Seguir leyendo »

El Match del Siglo I

El Match del Siglo se extendió por varios días y fue una completa exposición de golpes bajos, zancadillas, amagos, esquivas portentosas.

Al desafío entre Laura Inclán y Salomón Rancañose le llamó El Match del Siglo.  Por acuerdo de las partes el vencedor sería el que primero lograra tres victorias y el duelo comenzó en la  época más hermosa del otoño, después de las lluvias de octubre. Las hojas secas flotaban sobre el río, hacía una temperatura agradable. En unas pocas semanas flotó sobre el río la glorieta construida por Apolinar Rueda Velásquez, el lugar donde se celebraría el encuentro. Dos puentes de madera la unían a las orillas, una para Conyedo, la otra para Santana. Además, a ambos lados se levantaban multitud de kioskos para comidas y refrescos.

La mañana de la primera partida, Salomón Rancaño llegó muy temprano al salón de juego, vestido completamente de blanco y con un hermoso bastón de laca. Junto a él venía su hijo Absalón, y poco después hicieron su aparición Abelardo Filomocha y Facundo el Boticario, árbitros del juego. Las horas pasaban lentamente, hasta que las orillas estuvieron repletas de espectadores. ¡Al fin!, exclamó Salomón Rancaño cuando su contrincante se sentó ante la mesa de juego. Ella le tendió la mano, él se la besó con labios húmedos y comenzaron a luchar. Seguir leyendo »

Javier Tejeda se citó con Mariela Fuentes

En el momento decisivo las palabras traicionaron a Javier Tejda y se quedó solo frente a ella. De nada le valieron las filosofías y las letras. Habló con miedo, no expresó todo lo que sentía.

Después que Javier Tejeda gritó: “Abajo el gobierno de Papeviejo”, lo obligaron a irse del pueblo, bajo amenaza de muerte. Sin embargo, el muchacho no quería marchar de Santana sin despedirse de Mariela Fuentes. Por eso le mandó un papelito con su amigo Reinaldo Vueltas, en el que le decía: “No me voy de aquí sin hablar contigo”.

Javier pensaba que ella debía saberlo todo, la causa de su provocación, el por qué de la tristeza que lo había acosado durante los últimos días. Sabía que esa sería su conversación más difícil en mucho tiempo porque cuando una persona te importa de verdad siempre es más doloroso abrirse el corazón y porque casi nunca el amor puede expresarse en palabras.

Al final venció la parte optimista de sí mismo pero, aunque preparó cuidadosamente lo que iba a decir, aquella fue su peor noche en bastante tiempo. En el momento decisivo las palabras lo traicionaron y se quedó solo frente a ella. De nada le valieron las filosofías y las letras. Habló con miedo, no expresó todo lo que sentía. Intentó justificarse, habló de otros amores. Qué se le va a hacer, infantilidades que lo atacan cada vez que debe probar cuánto vale.

No le dijo, por cierto, que durante todo ese tiempo se había reservado para ella. Que la soñaba a cada minuto, que todo lo que hacía era por ella. Que la quería, que el amor lo estaba matando. Todo esto le pareció patético, risible, falso. Y no dijo lo que sentía. Olvidó que las palabras no engañan a una mujer de verdad y menos a una como ella. Que por eso, precisamente, la había escogido entre tantas.

Pero ya era tarde, demasiado tarde. Mariela le respondió que no estaba dispuesta a cometer un error de esa clase, que se sentía contenta con la vida que tenía en ese momento (algo que él sabía era incierto), que ella no lo merecía (un argumento tradicional en estos caso), que sólo quería ser su amiga (sobran las explicaciones). Ella se marchó furiosa cuando él le dijo con ironía que la amistad podía transformarse en amor; pero el amor en amistad, nunca.

Luego de este nuevo fracaso le pareció que se moría y el llanto lo desgarró por completo. Una voz dentro de él, le repiqueteaba cada cierto tiempo: “Tenía que haberle dicho que la vida se les va, que te mueres por ella, que te vas, que te vas a ir muy lejos, pero que si ella te lo pide te vas a quedar. Si ella nada más te da una esperanza lo ibas a echar todo por la borda y te ibas a quedar, le ibas a hacer frente a cualquier cosas con tal de que ella te lo pidiera”.

Se consoló a sí mismo al pensar que tenía una mujer metida adentro, hubiera querido decirle que se fuera, pero tenía una mujer atravesada en la garganta. No se engañaba, aquello había crecido demasiado y en su destierro de Terezín, la sentía respirar, la sentía vivir. No podía olvidarla de ninguna manera. Cada cierto tiempo una fragancia, cualquier tonada de las que cantaban la gente del pueblo, bastaban para traérsela a la memoria.

Te amo

Ella le dio alas y Javier Tejeda decidió escribirle una carta de 60 páginas porque pensaba que en el papel las cosas duelen menos.

Sin embargo, él no dio su brazo a torcer. Evitaba a mencionarla en los mensajes que escribía a su madre, aunque era el nombre que siempre tenía en mente. Se sintió el hombre más feliz del mundo cuando alguien le comentó que ella preguntaba incesantemente por él. “Me extraña”, dijo para sí. Le dedicó cada triunfo, cada derrota. “Estoy aquí por ti, por ti me estoy comiendo este mundo que no me gusta”. Pensó que el amor nos puede llevar a sufrir, con felicidad, las mayores humillaciones.

Una mañana, mientras regresaba de los campos, la vio caminando hacia él y le pareció cosa de un sueño. Pasaron juntos un día entero. Se sintió desfallecer de contento, pero no se atrevió a tocarla porque podía ser una ilusión y desvanecerse tan pronto intentara aproximársele. Hablaron de cosas sin importancia. La despidió con un tierno beso en la frente, no podía aspirar a más.

Después sufrió un ataque de esperanza y estuvo vomitando sangre durante varios días, asediado por fiebres altas. Ella le dio alas y decidió escribirle una carta de 60 páginas porque pensaba que en el papel las cosas duelen menos. Nunca le llegó una respuesta. Siempre te ilusionas en vano, se dijo, ya estás bastante grandecito para esas niñerías y si sigues así te vas a morir de dolor un día de estos. Entonces intentó olvidarla, esta vez implacablemente.

Se marchó al desierto de Mar Verde, a vivir entre contrabandistas y bandidos. Allí conoció una niña, hija del jefe de las bandas, que se llamaba igual que ella. La voz le tembló al decirle: “Tienes un nombre muy bonito, ¿sabes?”. La muchachita contestó: “Gracias, ya lo sabía”. Javier comprendió que era imposible, que siempre iba a temblar frente a ella, o frente a una niña que llevara su nombre, o delante de cualquier cosa que le recordara a Mariela Fuentes. Al parecer era eterno el lazo que lo unía a esa mujer.

Se reprochó su continua cobardía. Demasiadas veces se había retirado de la lucha por miedo al fracaso, a la derrota. Decidió intentar otra oportunidad, decidió luchar por lo que quería. Y esta vez, se dijo, voy a vencer.

Te quiero, iba a decirle, no puedo vivir sin ti. Dime qué tengo que hacer para que me quieras. Estoy dispuesto a compartirte con otro hombre, a ser el segundo, a humillarme, a dejar la literatura, a crearte un mundo para ti sola. Yo no soy nada si tú no me quieres. Dime que tengo que hacer para que me quieras. Te lo prometo todo. Y si al final no hay ninguna esperanza, porque puede ser que no haya ninguna esperanza, yo voy a esperar, voy a esperar en las sombras, cerca de ti. Voy a estar a tu lado cuando seas esposa, cuando seas madre, cuando te sientas sola. Voy a esperar un breve error, un descuido. Y voy a estar a tu lado para apoyarte, para ganarme tu cariño. Voy a esperar por la mujer que quiero hasta que tenga ochenta y seis años o hasta que me muera. Voy a esperarte siempre. Yo no tengo miedo de ser Florentino Ariza, esta vez la realidad va a copiar la literatura.

Con todo el dinero que poseía compró el derecho de pasar su cumpleaños en Santana. Le envió un mensaje para preguntarle si ese día podía pasar a verla. Mariela le respondió que sí, que esa tarde, a las seis, lo esperaría en su casa. Entonces Javier se preparó para la batalla definitiva. Sé que ustedes, los que me escuchan, disculparán que me oculte bajo los artificios de la gramática. Cuento esta historia en tercera persona… porque me entristece pensar que es mi propia tragedia.